A mí de siempre me ha gustado correr. Corría cuando jugaba al fútbol, corría cuando mi madre tiraba la zapatilla y corría cuando los gitanos me querían quitar las canicas en Burgos, pero siempre corría en llano o como mucho en bajada, nunca subiendo. Pero es que, ¿qué necesidad hay de correr mientras subes?.
Una noche de verano a mediados de los 90, me despedía de mi amigo Gerardo en Burgos, yo tenía ya la llave en la cerradura del portal pero el calimocho me impedía discernir si había que girarla hacia la derecha o hacia la izquierda. En el último "hasda bañana, zi diod quiede" se acerca un menda, un chaval joven, de veintitantos, como nosotros, ni mal ni bien vestido, y nos dice algo así como "de qué vais?", lo mismo nos pedía la hora, pero el alcohol es lo que tiene y a los dos nos sonó a "dadme todo lo que tengáis u os corto la yugular con la tapa de una lata de atún!".
En medio segundo me metí en el portal y cerré la puerta mientras por el rabillo del ojo veía a Gerardo salir zumbando. Ya había subido las escaleras del portal cuando oí como el cristal de la puerta se hacía añicos. Pensé que aquel pavo venía a por mí y subí las escaleras de cuatro en cuatro. Recuerdo que a la altura del tercero (mi abuela vivía en el quinto) se apagó la luz de las escaleras y tuve que encenderla. Me pareció que no se oía a nadie subir, pero reemprendí la carrera hasta que llegué al quinto, abrí la puerta y me colé dentro.
Esa fué la primera vez que hice skyrunning.
Después de contar esa historia a mi abuelo unas cien veces, lo dejé por imposible. Se murió pensando que habíamos sido nosotros los que habíamos provocado a aquél hombre, y éste, enfadado, le había dado una patada a la puerta del portal.
Yo corrí y corrí hasta que los músculos me ardían y mis venas bombeaban ácido de batería. Tuve que pararme a respirar a la altura de la cabina telefónica. Desde la seguridad de aquéllos 40 ó 45 metros ví como el loco (acuérdate que tu abuelo decía que era un loco del manicomio del parque de San Agustín) sacaba el pie de la puerta, se encendía un cigarrillo y se marchaba tranquilamente. A la mañana siguiente llamaste a casa pensando que estaba muerto. Gerardo.
ResponderEliminar